«Ese mapa de mi amado Caballito mítico» (Por Facu Desimone)

 

Recientemente vivo en Paternal, pero mi barrio de toda la vida fue Caballito (CABA, Buenos Aires), y lo que me dejó dentro del alma difícilmente pueda expresarse con palabras. La Plaza Irlanda, por empezar, fue de las mejores cosas que me pasaron en la vida.

Ahora está muy cambiada: le hicieron una lavada de cara y, supuestamente, “la embellecieron”. Nada más lejos de la realidad. Esa plaza nunca fue tan hermosa como en mis primeros años de niñez (1985 – 1995), antes de que a un alcalde de la ciudad se le ocurriera atraparla con rejas, dejándola para siempre como una prisionera de la Ciudad, que no ha cometido ningún delito (como si las rejas fueran algo más que una vana ilusión de seguridad, pan y circo para el pueblo, etcétera). No, la plaza nunca fue esto que es ahora ni tiene nada que ver con esto.

La frecuenté durante toda la primera mitad de mi vida, primero con familia, luego con distintos grupos de amigos (en la adolescencia, por ejemplo, era el punto de encuentro general antes de ir a bailar, desde dónde arrancábamos todos en manada), hasta que le permitieron ser libre. Como dije, la versión más bella de esta plaza vive en los recuerdos de otra década, donde la vida era más simple y bastante menos caótica, y no tiene nada que ver con el fantoche en la cuál la han transformado hoy.


Otro punto muy alto del barrio (y también de la adolescencia) supo ser La Estrella de Galicia, una fábrica de facturas gigante que solo abría de noche, a la cuál nos encantaba ir con mis amigos a comprar, luego del boliche.

Recuerdo que nos atendía un señor de guardapolvo azúl (sería uno de los trabajadores, calculo), que tenía como mil años y que, pidiéramos lo que pidiéramos, siempre remataba la transacción con su latiguillo personal: “… y la yapa, como siempre”, y arrojaba dentro de las bolsistas con facturas unos mini-churros que eran una de las máximas delicias del lugar.


El jardín de infantes Arenita (ahora, donde estaba el jardín, hay una sucursal de Supermercados Día) también era también un lugar bellísimo, fuera de lo común -y de este mundo-, que tenía, entre otras cosas, su propio arenero particular con juegos y que, hoy en día, me sigue reuniendo con personas con las cuáles, sin saberlo, compartimos esa formación y ese espacio, como mi Productor Musical, cuyo estudio de Grabación, Estudio Las Plantas, en el cuál grabé todas mis canciones a la fecha, también está ahí, a unas pocas cuadras de la cancha de Ferro.


Obviamente que el club Ferro es EL lugar del barrio: no creo que exista ningún otro club que le llegue a los talones en belleza, ni en oferta de actividades; allí, durante mi niñez, pasé por todos los deportes habidos y por haber (fútbol, básquet, baseball, rugby, natación, karate, etc.), solo para descubrir, al final del ciclo… que no era una persona que disfrutara de los deportes, jaja.


Recuerdo también el almacén de Don Oscar, extinguido por la llegada de las minicadenas de supermercados y los supermercados chinos, donde me compraban de chico galletitas sueltas (venían en unas cajas gigantes, cúbicas, de metal) y chocolatada Cindor en botella de vidrio (producto también extinto).


No recuerdo (pero me han hablado) la mítica carnicería de Carmelo, quién estuvo “guardado” en “la sombra” durante varios años por haber asesinado a sangre fría al amante de su mujer… y que volvió a atender su carnicería, como si nada, apenas terminó de cumplir la condena y lo liberaron, y que ostentaba un mítico cartel en su vidriera, que decía: “La buena carne es cara. Hay otra, pero no es carne”.


Recuerdo también una maquinita de sacar peluches, que estaba “arreglada”, como suelen estarlo todas… pero, misteriosamente, a esta la habían arreglado “al revés”: cada vez que jugabas, por 1 moneda de un peso (otro artefacto también ya extinto), sacabas un peluche (así le tapizamos de peluche la habitación a mis abuelos).


Por el barrio también viven, desde siempre, mis amigos de la primaria, de toda la vida; habremos recorrido las calles, en calurosísimas noches de verano, tantas veces, hablando de la vida, la política, el arte y el amor, que se habrán gastado de tanto manyarlas.

También por el barrio tuve mis primeras clases de guitarra, con un profesor que me trataba de usted (a pesar de que no debería de llevarme más de 10 años) y fuí a una primaria privada HORRIBLE que no tengo ganas ni de mencionar, con el peor profesor de música de la historia de la humanidad que nos gritaba, nos obligaba a cantar y a tocar la flauta dulce (nos obligó a comprar una flauta dulce, a cada alumno del colegio, independientemente de si nos gustaba, si teníamos facultades para la música o si éramos tremendos perros, que era lo más común), nos decía que, si no teníamos piano en nuestras casas, dibujamos uno en una hoja de papel y practicáramos de esa forma, y muy cerca estuvo de hacerme odiar la música para siempre (gracias a todos los dioses del universo, me salvé, y pude revertir la situación; aunque no estuve muy lejos de la perdición musical y artística, gracias a ese tremendo mamarracho, que seguramente odiaba su vida y por eso descargaba sus frustraciones contra sus alumnos).


Y por último, pero no por eso menos importante, no puedo dejar de mencionar al bar emblemático del barrio, El Viejo Buzón, al cuál, actualmente, le han hecho también una lavada de cara y en el cuál pude darme el lujazo de tocar, así, como estaba antes, antes de las refacciones modernas, lujosas, aggiornadas a la época y un poco faltas de alma: así como lo voy a guardar para siempre en mi recuerdo.


Por supuesto que hay más, muchísimo más (casi un cuarto de siglo de historias y anécdotas… y más, si me remonto a las historias transmitidas por generaciones familiares anteriores); pero no terminaría nunca si me pusiera a intentar plasmarlas a todas. Pero bueno, ese es un poco el mapa de mi amado Caballito mítico, un lugar bellísimo donde la vida era un poco más simple y la gente más buena, relajada y amable, que no tiene absolutamente nada que ver con la ilusión fantasma de hoy en día, a la cuál le han puesto el mismo nombre, en la cuál explota un terrible caos de tránsito en las principales avenidas y arterias, a toda hora, en donde hay más o menos un “café de especialidad” por cuadra donde le dicen “latte” al café con leche de toda la vida y donde se puede ver a personas (“personas”) que viven en torres de mil pisos, paseando por la calle con caniches y chihuahuas metidos adentro de pequeñas carteras.

No, esto ya no es Caballito. Caballito era el de antes, el barrio que viví desde mi nacimiento hasta, más o menos, principios de los 2000. Esto es otra cosa y, de hecho, harían muy bien en cambiarle el nombre al barrio: ahora, deberían ponerle algo así como “caballo zombie”, “ilusión fantasma” o algo por el estilo, que denote realmente el corazón de la oscuridad en el cuál se ha convertido.


 

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