Carnaval: Cuando febrero se llenaba de espuma

Difundilo con amor

El Carnaval, eso que todavía nos habita

Cada lugar vive el Carnaval a su manera.
En esta nota recorremos su historia… y queremos sumar la tuya.
¿Dónde creciste y cómo se festejaba el Carnaval ahí?


Hay sonidos que no se olvidan. El redoble de un bombo a lo lejos, una risa que se escapa corriendo, el pssshh de la espuma antes de que alguien te apunte sin aviso, y esa escena tan familiar de inflar una bombita con paciencia, cuidándola como un tesoro hasta encontrar a quién mojar primero.

El Carnaval empieza en una fecha del calendario y también empieza ahí, en la memoria.
Para muchos de nosotros, Carnaval fue sinónimo de calle. De veredas mojadas, de caras pintadas, de estrategias improvisadas para esconder bombitas detrás de la espalda, de volver a casa empapados y felices. Y aunque hoy se celebre de mil maneras distintas, algo de ese espíritu sigue latiendo cada vez que febrero se asoma.
Pero el Carnaval no nació en nuestra infancia. Viene de mucho más lejos.


Una fiesta tan antigua como las ganas de celebrar

El origen del Carnaval se remonta a tiempos antiguos, cuando las sociedades necesitaban —al menos por unos días— romper las reglas. En la Antigua Roma, fiestas como las Saturnales y las Lupercales invertían el orden establecido: los esclavos se vestían de amos, las máscaras borraban jerarquías y el descontrol era parte del ritual.

Estas celebraciones también estaban atravesadas por los cultos a Baco (Dionisio), el dios del vino, la fiesta y la liberación de los impulsos. En sus rituales, el exceso no era un problema sino una forma de expresión colectiva: comer, beber, bailar, disfrazarse y salirse del rol cotidiano era parte de un mismo gesto de libertad.

Con la llegada del cristianismo, estas fiestas no desaparecieron: se transformaron. El Carnaval pasó a ser la antesala de la Cuaresma, ese último permiso antes del tiempo de ayuno y recogimiento. De allí su nombre, ligado a la idea de “dejar la carne” antes del período de abstinencia.

Desde entonces, la celebración fue viajando, mezclándose, mutando. Y en cada lugar adoptó una identidad propia.
Máscaras, tambores y libertad

Durante la Edad Media, el Carnaval permitió algo impensado el resto del año: reírse del poder. En el Renacimiento, Venecia le sumó misterio y elegancia con sus máscaras. En América, los ritmos africanos, las tradiciones indígenas y la herencia europea se cruzaron para dar origen a los carnavales más intensos y expresivos del mundo.
Cambian los escenarios, cambian los disfraces, pero la esencia permanece: por unos días, ser otro. O quizás, ser más uno mismo.


Donde el Carnaval se vuelve espectáculo

Hay carnavales que se volvieron símbolo de sus ciudades y convocan a millones:
Río de Janeiro, con sus escuelas de samba y una energía que parece no agotarse.
Venecia, donde el tiempo se disfraza de siglo XVIII.
Nueva Orleans, con el Mardi Gras y el jazz como idioma común.
Santa Cruz de Tenerife, desbordante de brillo y desfiles.
Colonia, donde la tradición y la fiesta se mezclan con cerveza y humor.
Cada uno distinto. Todos atravesados por la misma necesidad de celebrar.


El Carnaval argentino: memoria de barrio

En Argentina, el Carnaval tiene olor a espuma, sonido de murga y recuerdo de bombitas de agua volando de una vereda a la otra. Durante décadas, los corsos barriales fueron puntos de encuentro: vecinos sacando sillas a la calle, chicos jugando con agua sin horarios ni límites, comparsas pasando entre aplausos.

En muchos barrios, además, el juego tenía reglas tácitas que nadie escribía pero todos conocían. Durante años, el  Carnaval fue también ese ritual repetido de varones contra niñas, bandos improvisados que se armaban casi sin hablarse, entre risas, corridas y estrategias compartidas. ¿Era solo un juego? ¿Una forma de encuentro? ¿Una manera de romper, por unos días, las normas de lo cotidiano?

Algunas de esas escenas se fueron apagando. Otras resisten con fuerza:
Gualeguaychú, con su Carnaval del País, imponente y multitudinario.
Corrientes, donde el brillo y el baile son identidad.
El norte argentino, con rituales como el Desentierro del Diablo, donde lo ancestral sigue vivo.
Buenos Aires, donde las murgas mantienen encendida la llama en muchos barrios.

Hoy, el Carnaval puede ser un corso, una fiesta, una escapada o un recuerdo. Pero siempre tiene algo de regreso.
¿Y vos? ¿Cómo era el Carnaval donde creciste?


El Carnaval no es solo una celebración: es un puente. Entre lo que fuimos y lo que somos. Entre la calle de antes y la de ahora. Entre la infancia y este presente que, a veces, también necesita un poco de color.

Por eso te invitamos a compartir:
👉 ¿De dónde sos?
👉 ¿Cómo se vivía el Carnaval en tu barrio, en tu pueblo, en tu infancia?
👉 ¿También se jugaba “varones contra niñas”? ¿Por qué?
👉 ¿Qué imagen te viene a la cabeza cuando pensás en febrero?
Quizás, entre todos, podamos volver a llenar de espuma la memoria.


 

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