Donde el tiempo sabe esperar (por Luis Alberto Arias)

Difundilo con amor

Introducción

Mi barrio es… San Antonio de Areco

Cuando visitamos San Antonio de Areco, volvemos maravillados. Nos llevamos en la retina el paisaje, las fachadas centenarias y el aroma de la leña. Pero esa es la mirada del que pasa: una mirada agradecida, pero de superficie. Es la postal, no el pulso.

«Mi barrio es…» nace con una intención distinta: queremos correr el velo del turismo para descubrir la vida cotidiana. Queremos darle la palabra a quienes habitan el pueblo sin apuro, a quienes conocen el código de los silencios, el ritmo de las calles un martes a la tarde y esos gestos invisibles que no salen en las fotos.

Hoy, este Primer Libro Vivo, Comunitario y Participativo abre sus páginas con dos voces que representan la esencia de nuestra tierra. Tenemos el honor de inaugurar la sección con el testimonio de Doña Consuelo Güiraldes y de Luis Alberto Arias.
Dos miradas que, desde distintos recorridos, convergen en un mismo sentimiento: el de quien no solo describe un lugar, sino que lo habita con el alma. Sus relatos son el primer capítulo de una construcción colectiva. Porque un pueblo no es solo un destino; es, ante todo, un hogar y una memoria compartida.


 

Donde el tiempo sabe esperar

Cierro los ojos y vuelvo treinta años atrás.
A un tiempo en el que la mayor preocupación era saber si la bicicleta tenía aire suficiente para salir. Salir a cualquier lado: al club, a la casa de un amigo, a la cancha improvisada de la esquina. Salir sin reloj, sin agenda, sin más obligación que volver cuando bajaba el sol o cuando mamá llamaba.

El pueblo era el mundo entero.
Un lugar donde nadie necesitaba presentarse, porque todos sabían quién eras, o mejor dicho, de quién eras hijo. Un lugar donde la vida era simple, segura, compartida. Dieciocho años vividos así, con la tranquilidad de quien todavía no sabe que el tiempo corre.

Después llega el final del colegio y, con él, ese momento extraño en el que uno se vuelve adulto de golpe. En mi historia, eso fue irme a la Capital Federal a estudiar. Y ahí entendés que la vida no sucede sola. Que hay que aprender a lavar los platos, a cocinar, a subirse a un colectivo, a perderse en el subte, a trabajar, a ser independiente.

Al principio asusta. Después seduce.
La ciudad te ofrece todo: noches eternas, calles que no duermen, cines con trasnoche, bares abiertos cuando el resto del mundo descansa. La famosa ciudad de la furia, que te abraza y no te suelta. Y en ese vértigo, sin darte cuenta, empezás a dejar atrás las raíces.

Pasan los años y, entre buenas y malas decisiones que fui tomando en la vida, hay una que empieza a pesar más que el resto. Una que cuesta asumir, que se piensa y se repiensa. Ya no importa que un boliche abra un lunes ni que haya un McDonald’s encendido a las tres de la mañana. El cuerpo pide pausa, la cabeza silencio. Aparecen las obligaciones, el cansancio, la necesidad de tiempo. Y en ese momento aparece la pregunta que más cuesta responder:
¿Y si vuelvo?
¿Será un retroceso?
¿Me arrepentiré?
¿Seguirá siendo mi lugar?

Hasta que un día volvés.
Y el pueblo te espera.
Tal vez con más casas, calles nuevas, caras desconocidas. Pero la esencia intacta. La hora pico sigue siendo un par de chicos haciendo willy en bicicleta. Cuatro cuadras pueden llevarte media hora porque siempre hay alguien para saludar, para charlar, para preguntar cómo estás. Las puertas todavía se olvidan abiertas. Las ventanillas del auto quedan entreabiertas. El fiado volvió, incluso donde menos lo esperás.
Volver es descubrir que regresaste a tu infancia, pero con responsabilidades de adulto.

Hoy, con 42 años, estoy casado con una porteña que eligió venirse conmigo y apostar a esta vida. Tuvimos un hijo Arequero. Y cuando lo pienso bien, no puedo pedirle más a la vida. Familia, paz mental y salud. Eso es todo lo que realmente se necesita.
Y fue una vez instalado nuevamente en Areco cuando empezó a aparecer otro sueño. Uno que miraba al pueblo no solo como hogar, sino también como destino.

Así nació la idea de un proyecto turístico que, con el tiempo, se llamaría Don Floreal.
Don Floreal es una casa familiar con más de 120 años de historia. Una de esas casas que guardan vidas entre sus paredes. Fue muchas cosas: fonda, hogar, almacén, marmolería, radio, veterinaria, fábrica de cerveza artesanal. Hasta que, después de tanto ir y venir, volvió a ser lo que siempre fue en esencia: una casa. Esta vez, abierta al que llega, convertida en alquiler temporario para quienes vienen a conocer Areco.
Nada fue inmediato. El proyecto llevó más de un año de trabajo intenso. Lo hice yo mismo, con mis propias manos, con la ayuda incondicional de mi familia. Hubo cansancio, dudas, días largos. Pero el esfuerzo valió la pena. Hoy, con más de tres años de puertas abiertas, miro Don Floreal con orgullo. No solo como un emprendimiento, sino como un pequeño aporte a este pueblo maravilloso. Un granito de arena que le permite al visitante vivir Areco desde adentro, como se vive cuando uno pertenece.

Ya no están todos los amigos del colegio, pero aparece un mensaje inesperado: “¿Sale comida en casa?”. Y todo lo planeado pierde importancia frente a un asado un martes a la noche, frente a una charla que no mira el reloj. Subís a alguien que hace dedo sin preguntar demasiado, porque acá eso todavía es normal.
Porque mi pueblo es eso.
Una infancia que no se termina.
Un refugio donde el tiempo camina más despacio.
Una gran guardería para todas las edades.
Un lugar donde siempre hay alguien dispuesto a dar una mano, donde aunque no te conozcan, te abren la puerta. Donde lo colectivo todavía importa.

No es por orgullo, es por gratitud.
San Antonio de Areco fue, es y será el lugar al que siempre se vuelve.
Porque hay lugares que no se abandonan: se llevan adentro hasta que llega el momento de regresar.

«Uno no vuelve al pueblo para retroceder, vuelve para encontrarse»

 

Por Luis Alberto Arias Don Floreal


Ahora te buscamos a vos.

Queremos que esta sección sea un rompecabezas de vivencias. Luis y Doña Consuelo ya abrieron la puerta, pero el camino sigue. Te invitamos a que nos cuentes sobre tu «barrio»: ese personaje que todos saludan, el ritual de los domingos, o ese rincón que para vos explica por qué San Antonio de Areco es único.

No buscamos grandes crónicas, buscamos voces genuinas.
¿Te animás a ser el próximo capítulo?
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