Barracas: El secreto mejor guardado entre el incienso y el adoquín
Hay barrios que se visitan y barrios que se sienten. Barracas pertenece, sin duda, al segundo grupo. Ubicado en el sur de la Ciudad de Buenos Aires, caminar por sus calles es como abrir un baúl de recuerdos donde el aroma al café de esquina se mezcla con el salitre del Riachuelo y el perfume de las flores de los antiguos pasajes.
Un viaje en el tiempo: Del esplendor a la resistencia
Barracas nació mirando al río. Su nombre no es casual: hace siglos, aquí se erigían las «barracas», construcciones precarias donde se almacenaban cueros y lanas para el comercio.
En el siglo XIX, antes de que la fiebre amarilla empujara a las familias aristocráticas hacia el norte, Barracas era el epicentro del lujo. Las quintas señoriales de los Álzaga y los Montes de Oca daban fe de un pasado opulento. Pero tras la epidemia, el barrio se transformó: llegaron las fábricas, los talleres y los inmigrantes que forjaron esa identidad obrera y tanguera que hoy lo define.
Lo que se mantiene: El alma de los pasajes
Lo más mágico de Barracas es su capacidad para detener el reloj. Si cerrás los ojos en el Pasaje Lanín, podés sentir el pulso del arte gracias a la intervención de Marino Santa María, que vistió de mosaicos de colores las fachadas, convirtiendo una calle común en una galería a cielo abierto.
La Iglesia de Santa Felicitas: Un monumento al amor trágico de Felicitas Guerrero, que sigue custodiando la Plaza Colombia con su arquitectura neogótica.
Los bares de siempre: Esos donde los parroquianos todavía discuten de fútbol y política frente a un Sifón de vidrio y un platito de maní.
Lo que cambió: De chimeneas a talleres de diseño
Barracas ya no es solo «el barrio de las fábricas». Esos gigantescos edificios de ladrillo a la vista, como la antigua fábrica de Canale o la de Alpargatas, han renacido. Hoy albergan lofts modernos, oficinas de diseño y centros culturales.
Ese contraste entre el óxido industrial y la vanguardia le da un aire bohemio que recuerda al Soho londinense, pero con un «no sé qué» porteño que lo hace único.
La idiosincrasia del barraquense
¿Qué define a alguien de Barracas? Es ese orgullo por el sur, esa calidez de quien se conoce con el vecino de toda la vida. Es un barrio donde todavía se escucha el eco de los tranvías si uno presta suficiente atención y donde el Puentecito sigue siendo el lugar de encuentro sagrado para un buen almuerzo familiar.
Barracas es sensorial:
El sonido: El rugido del tren cruzando los puentes de hierro.
La vista: El gris del empedrado contrastando con los murales de la calle Lanín.
El aroma: La mezcla de panadería recién horneada y el aire fresco del parque Pereyra.
¡Queremos leer tu historia!
Barracas es un rompecabezas que se arma con las vivencias de todos. Nos encantaría que nos cuentes:
- ¿Cuál es tu rincón favorito del barrio? Ese que solo los locales conocen.
- ¿Tenés alguna anécdota familiar? Quizás tus abuelos trabajaron en alguna de las grandes fábricas o vivieron en un antiguo conventillo.
- Para los que no lo conocen: ¿Qué es lo primero que te gustaría visitar después de leer esta nota?
Barracas te espera. Con sus mitos, sus pasajes escondidos y su gente de corazón abierto. Es hora de cruzar el puente y dejarse enamorar por el sur.
Este espacio cultural se sostiene gracias a: Descubrilos acá!